Reinventarse o morir
GariGari (ガリガリ, gari-gari) es una onomatopeya japonesa con múltiples significados. Por encima de otras acepciones, puede describir el acto de rascar o arañar repetidamente una superficie y también el esfuerzo obsesivo de quien estudia o trabaja sin descanso. En ambos casos, sobrevuela la idea de fricción constante, quedando retratada una acción pura de perseverancia y obstinación.
GariGari comienza, de algún modo, cuando Hugues Micol vuelve a utilizar la plumilla tras cambiar de gafas y redescubrir el placer de trabajar el detalle más artesanalmente. Empezó simplemente a «rascar» el papel y a disfrutar del contacto entre la punta metálica y la superficie de la página. De aquel gesto nació el cómic. La obra responde así a la deliberada búsqueda de recuperar el placer puro por el dibujo. Se podría decir que GariGari es un cómic sobre el acto mismo de dibujar.
Dentro de una trayectoria caracterizada por la metamorfosis constante, GariGari representa la culminación de la vertiente más libre y experimental de un autor que nunca ha dejado de cambiar de registro. Micol firma el cómic íntegramente con plumilla y tinta china, dando vida a un Japón medieval fantástico y desarrollando con audacia una trama de intrigas políticas, conspiraciones y aventuras, prescindiendo por completo de los diálogos.
Frente a otros dibujantes que consolidan una identidad fácilmente reconocible, Hugues Micol ha construido su carrera alrededor de su capacidad para mutar, convirtiendo cada proyecto en un nuevo territorio de exploración donde cambiar el trazo, las influencias y los géneros.
Otro de los rasgos que explican su longevidad en el sector es la facilidad para alternar proyectos como autor completo con colaboraciones de primer nivel. Ha trabajado con creadores tan diversos como Éric Adam, David B., Gwen de Bonneval o Loo Hui Phang, firmando títulos tan relevantes como Terre de Feu o Black-out, sin que ninguna de esas colaboraciones diluyera su autoría.
La obra que probablemente consolidó definitivamente su prestigio fue Scalp, en la que recreaba la vida de John Glanton con un potentísimo estilo gráfico, deudor de los grabados de Goya, mostrando un relato desmitificador de la expansión estadounidense hacia el Oeste, con toda su cruda y extrema violencia.
Visto con perspectiva, GariGari no es solo un nuevo título en una bibliografía ya de por sí extensa, sino la confirmación de una constante: después de más de dos décadas en la industria francobelga, Micol sigue buscando nuevas formas de expresarse. Y quizás sea precisamente esa negativa a repetirse lo que le convierte en uno de los grandes autores del cómic francés contemporáneo.