IBERPUNK, máquinas de carne apaleá.
El Iberpunk es una corriente narrativa emergente que nace de las ruinas del presente cotidiano. No se trata de una simple localización geográfica de la distopía, ni de una versión castiza de la ciencia ficción anglosajona. De hecho, se adscribe a multitud de géneros, desde el thriller al horror, pasando por el drama, la comedia salvaje y la crónica más negra. El Iberpunk se construye desde el desmantelamiento del presente y futuro proyectado: un mundo de baja tecnología, cuerpos agotados, infraestructuras rotas y violencia sistémica.
La obra de Irra (Israel Gómez Ferrera) constituye el núcleo conceptual y formal de este subgénero. En sus historias se traza un mapa fragmentario de un sur abrasador que ya no espera nada del porvenir. Sus personajes —trabajadores explotados, enfermos y sin red— sobreviven en entornos que ya no pertenecen del todo ni al presente ni al futuro, sino a una especie de cronotopía suspendida, donde los restos de la promesa modernizadora se mezclan con el polvo, el óxido y la violencia.
El Iberpunk, tal y como lo plantea Irra en sus ficciones desde que acuñó el término con ironía en 2014, apuesta por revelar la lógica oculta de lo que nos rodea. Su escritura parte de la experiencia directa de una degradación que se nutre de los desheredados y de sus cuerpos convertidos en máquinas de producción y dolor. No hay heroísmo en sus personajes, ni épica de la rebelión. La resistencia no es una bandera, simplemente es una forma de no morir.
Este subgénero se inscribe en una tradición ibérica del realismo sucio, del esperpento y del testimonio. La oralidad, el habla contaminada por el argot callejero, las estructuras destrozadas y una sangrante sensibilidad conviven con elementos fantásticos o especulativos que jamás se presentan como rupturas de lo real, sino como intensificaciones de lo ya existente. El horror habita en la desigualdad de siempre empujada hacia nuevas formas de control y proyecta directamente hacia las catacumbas del sistema, donde las ficciones del poder operan como construcciones artificiales sostenidas por la violencia.
Uno de los aspectos más distintivos del Iberpunk es su relación con el cuerpo. En la narrativa de Irra, el cuerpo no es un simple dispositivo que se pueda perfeccionar o potenciar mediante la tecnología. Es un residuo, un archivo de dolores, una carne expuesta al desgaste de lo estructural. Como dice el autor, ”máquinas de carne apaleá”. El cuerpo aparece como el receptáculo de todas las violencias.
Lejos de la espectacularización del sufrimiento, la escritura de Irra presenta la realidad con crudeza y nos obliga a mirar sin filtros. En este sentido, el Iberpunk es también una poética de lo impresentable y nos muestra lo que habita oculto bajo la alfombra.
Cada nuevo cómic de Irra abre una nueva fisura, un nuevo ángulo desde el que observar el mismo derrumbe. Grietas por las que se cuela lo real y todo aquello que las narrativas dominantes han intentado expulsar.